Los 90 han vuelto y si ya tenemos el regreso de Sensación de vivir, toca retomar La niñera. Sí esa sitcom que intentaba recrear Sonrisas y Lágrimas pero con risas enlatadas (y que más tarde sería “adaptada” en España con Ana y los siete).

Recuerdo haber visto algo en su día, pero me causaba bastante rechazo. Sin embargo, desde que está en Amazon Prime Video y la he revisionado (me he tragado las seis temporadas en tres semanas) me ha parecido una genialidad. Como muy bien comentaba Pere Solà en su artículo de La Vanguardia ver una serie de hace años en pleno 2019 puede hacernos chirriar en algunos momentos. Pero personalmente, no me ha hecho falta analizar el contexto o asimilar que estábamos en los 90 para disfrutar de los chistes y gags de Fran Fine y compañía.

Fran es una mujer de Queens que acaba de niñera para la familia Sheffield de forma accidentada. Maxwell Sheffield, un director de Broadway adinerado, y Fran no tienen nada en común. No pertenecen a la misma clase social, ni al mismo país. Sheffield es un británico con aires a lo Remington Steele y Fran una chica de barrio judía. Hay chistes sobre esta diferencia de clases, Fran es víctima de numerosas burlas por este motivo y por su sexualidad (sus famosas bajadas de escalera con looks provocativos son todo un símbolo de la serie). Pero nada escandaliza porque no hay crueldad y sí mucho cariño por estos personajes.

Fran no es culta, pero es lista y sabe manejar los sentimientos mejor que Maxwell que no aprende a comunicarse con sus hijos hasta que no aprende de esa mujer gritona a la que acaba de contratar. La química entre ellos dos está latente en cada episodio y con “La maldición de Luz de luna” flotando sobre writer’s room de todas las series de televisión, esta pareja parecía estar destinada a no consumar lo suyo nunca, para desgracia de la madre de Fran.

Porque Fran, muy a su pesar ya tiene más de 30 años (aunque nunca llega a confesar su edad real), y se le pasa el arroz. O al menos eso piensa su madre y se lo transmite cada día. Fran sueña con casarse pero más que nada sueña con casarse con el señor Sheffield. Y a pesar de lo anticuado que nos resulte ya eso de que una mujer de verdad deba estar casada a cierta edad, Fran a veces se revela con esta idea. Se queda ahí, claro está, porque estamos en los 90 y en una sitcom que basa su trama central en la tensión sexual no resuelta de sus dos protagonistas.

¿Pero cómo no identificarse con una treintañera enamorada de un señor que o la ignora o se insinúa pero no llega a nada? Levantad la mano si os ha pasado. Pero lo mejor de todo es su manera de llevarlo. Nada de deprimirse, reírse es lo primero y sobre todo de ella misma y “antes muerta que sencilla”. Ojalá tener el cuerpo de Fran para poder lucir esos trajes horteras con tanto estilo como ella.

Sí debo reconocer que he perdido un poco los nervios con el señor Sheffield por ser un calienta bragas. Mucho tonteo, mucha mirada, mucho chiste sexual pero luego nada. Luego Te quiero pero “lo retiro” (el “estábamos en un descanso” de La Niñera). A veces su comportamiento llega a ser muy cruel, aunque en su defensa tiene la única excusa creíble para no atreverse a entablar una relación con Fran es cómo afectaría a sus hijos, con el cariño que le tienen a ella, si la cosa no funcionase. Otras muchas parejas de este tipo no tenían un motivo mayor a “es que lo pone en el guión”.

En definitiva, si te lo quieres pasar bien, quieres reír, enamorarte de Fran Drescher y de sus increíbles looks noventeros, y descubrir unos cameos de estrellas increíbles (Elton John o Elizabeth Taylor) o incluso de DONALD TRUMP

 

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