De Willow Creek se puede decir una cosa buena y una mala. La buena es que la premisa, aunque no es precisamente original, promete adentrarse en la mitología de uno de los monstruos míticos de nuestra vida, el Bigfoot. La mala es que la película es peor que pegarle a un padre con un calcetín sudao.

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El proyecto de la Bruja de Blair pero con Bigfoot, ajá, ok, vale, mola. El problema viene cuando le das al PLAY y descubres que, una hora de metraje después, aquí no ha pasado nada. ¿Una hora y diez minutos después? No, nada. Espera, espera, a lo mejor a la hora y cuarto… no, falsa alarma. NADA. Oye, que si eres la Bruja de Blair y eres “la primera” película de found footage y es 1999 y juegas a “insinuar y no mostrar” pues vale, aceptamos barco, pero… ¿en pleno 2013? ¿Jugar a estas alturas a los sonidos de las ramitas de los árboles, a tropezarse con piedras y a perdernos en el bosque?

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En una de las escenas más tensas de la peli, los protagonistas se comen un bocata. ¡Escalofríos!

Eso sí, la película es aburrida pero visible. No quieres arrancarte los ojos. Está bien rodada, la mayor parte de la acción trascurre de día y los escenarios naturales que visita la pareja protagonista son “bonitos” (los protas siguen el camino que recorrieron los primeros documentalistas que se encontraron con el Bigfoot y revelaron su “existencia” al mundo). Los protagonistas, además, tienen buena química y son bastante solventes. A la chica (Alexie Gilmore –not related to the fictional Gilmore characters as she is a real human being-) no la había visto antes y es una agradable sorpresa; al chico (Bryce Johnson) lo recordaba de Popular de Ryan Murphy y alguna otra cosa y los dos cumplen. Pero hasta aquí llegan los elogios.

El único momento en el que la película se parece a lo que quería que fuera (teenagers acosados por un Bigfoot aterrador y salvaje) es esa secuencia de 12-15 minutos en la que los protas, dentro de la tienda de campaña, intentan descifrar los sonidos “de la naturaleza” que cada vez son más terroríficos y, lo peor, más cercanos a la tienda… Ahí le sacan partido a la premisa. Todo lo demás, anecdotillas, entrevistas infames con “gente que tiene historias de Bigfoot que compartir con nosotros” y el sopor máximo.

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He leído criticas donde alaban el “slow burn” de la peli, o sea, que se cocine todo a fuego (muuuuuy) lento y que no se recurra a sustos fáciles. A ver, yo no tengo nada en contra de la elegancia, de construir las cosas poco a poco, de crear tensión y no sofocones… PERO NO ME ABURRA COMO A LAS OVEJAS. Es como esta película que tan bien han puesto recientemente, It Comes At Night, que deberían darte un café con la entrada. Una cosa es no recurrir a golpes de sonido y sustos baratos, otra cosa es contarme en hora y media como un señor baja a la calle a comprar una barra de pan y luego vuelve a su casa y se come el cuscurro. OIGA, MUY BIEN, PERO NO ME INTERESA.

Esta Willow Creek fue escrita y dirigida por Bobcat Goldthwait, un tío que hacía de pirado en Loca Academia de Policía y que ha dirigido una peli que me encanta llamada God Bless America (si odiáis a la gente que usa el móvil en el cine… tenéis que verla). Tengo pendiente de ver World’s Greatest Dad no solo porque sale Robin Williams en uno de sus últimos trabajos sino porque va de un padre que afirma que no siempre quiere a sus hijos. Eso es lo que me extraña de Goldthwait en esta película, que parece que se ha dejado toda su mala leche y originalidad en casa. Como al Bigfoot.

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