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En las películas y las series, la primera cita entre una potencial pareja es siempre una noche inolvidable que marcará para siempre el destino de los protagonistas. El chico va a recoger a la chica a su casa, ella le hace esperar el tiempo justo y ambos se van a cenar a un restaurante que resulta el equilibrio perfecto entre casual y elegante. En la vida real, por el contrario, ya no se estila eso…

 El sitio de la quedada 

Ahora se queda para tomar cafés, que con la crisis y el miedo al compromiso que tanto nos caracteriza, parece sin duda el plan perfecto. Después de todo, una cena es demasiado cara y formal. Claro que a mí no me gusta el café, pero eso ya da igual. Y tampoco nadie viene a buscarme a casa con un ramo de flores, ni me dice: “Esta noche estás preciosa”. Aquí se queda a la salida de una parada de metro, con un montón de gente alrededor, escenario idílico a más no poder. Llega la hora del saludo: los dos besos más incómodos de tu vida. Ellos se dan uno o ni siquiera eso; nosotros somos más educados, por lo menos. Así empieza la primera conversación, un “Qué tal ha ido el día, qué has hecho esta tarde”. En una película, ya estarían hablando de un tema profundísimo y habrían conectado a las mil maravillas.

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 Las preguntas profundas

Mi parte favorita, sin duda, es cuando la pareja habla de su infancia. Siempre he querido tener esa conversación tan emotiva en la vida real, pero creo que hay pocas posibilidades de que alguien me diga algo así como: “Me críe en un pequeño pueblecito al sur de Kentucky con mi padre y mi hermano, ya que nuestra madre nos abandonó cuando yo tenía seis años. Estábamos muy unidos, no la he vuelto a ver desde entonces”.  En ese momento, yo le cogeré de la mano y le susurraré: “Vaya, lo siento mucho”, a lo que él responderá: “Tranquila, ha pasado mucho tiempo”. Aquí, sin embargo, si preguntas en tu primera cita por la infancia a lo máximo que puedes aspirar es a un “Pues nada, nací aquí y vivo en el barrio de Sants, aún vivo con mis padres, qué rollo”. Y no es lo mismo, no. ¿Dónde está la magia?

Durante el transcurso de la cena, siempre se cuenta alguna historia divertida y algo vergonzosa, lo que comporta un acercamiento de la pareja, que se siente más cómoda y unida. Yo no tengo historias graciosas que contar, o al menos tan inolvidables como las que explican, sobre todo porque la mayoría tienen que ver con lo borrachos que iban en sus bailes de otoño o primavera, y de eso tampoco tenemos, maldita sea.

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Puede que ella comente la curiosa regla de las citas: “Verás, no sé si debería contarte esto, pero tengo una norma de cinco citas antes de…”. Y él lo entiende, claro que sí. Aquí pueden suceder dos cosas: que notes que su interés ha disminuido de repente y  tenga mucha prisa en terminarse el café, o también, que quiera quedar todos los días de la semana.

 Y al final de la cita…

Al terminar la velada, el chico acompaña a la chica a su casa y le da un dulce beso de buenas noches. Si la película es para mayores de trece años, puede que ella le invite a subir, traicionando su regla de las cinco citas, todo por el amor verdadero. Mientras tanto, en la realidad, si la cosa ha ido bien tendrás que conformarte con un corto beso en las puertas del metro, porque después de todo, él todavía vive con sus padres.

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Mientras perfecciona el arte de la cita, Annie (@AniOnce) reparte sus pasiones entre fanáticas adorables de las comedias románticas, familias poco convencionales y lobos adolescentes con romances de por medio. 

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